La cooperación universitaria en el marco de la Alianza del Pacífico

Nacida en 2011 de una voluntad política del Perú, la Alianza del Pacífico es la más nueva tentativa de integración regional en América latina. Estas iniciativas de integración se reproducen más rápido que los conejos, me van a decir. Pues sí, pero esta alianza solo es una idea, países que comparten ideales comunes, pues no tiene sede ni organización. Apunta a la libre circulación de los bienes, los servicios, los capitales y las personas entre sus miembros. Es decir, no hay objetivo político. La gran diferencia con los otros sistemas de integración en la región es que no abarca países con base a la proximidad geográfica, histórica, cultural, etc.: esta iniciativa la constituyen Perú, Colombia, Chile y México. El punto focal lo constituye el poder económico de estos cuatro países: juntos, representan el 55% de las exportaciones de la región ALC. Ah, y también el neoliberalismo, un sistema económico heredado de los Chicago Boys de Chile que se desarrolló durante la dictadura del General Pinochet. Una buena herencia en fin, ¿no les parece? Estos cuatro países tienen en común un sistema económico que reina para lo mejor y sobre todo lo peor: así la desigualdad e inequidad social forman parte de este acercamiento.

Ahora bien, aunque todavía no ha resultado nada muy concluyente que haya cambiado la vida de los ciudadanos – México y Chile hasta mantienen un impuesto de reciprocidad cuando los nacionales ingresan al otro país por razones turísticas (¿¡?!) – aparece interesante analizar la cooperación académica en su marco, pues constituye la primera iniciativa que se concretó.

 

Primero, vamos a abordar los sistemas de enseñanza superior en cada país, que son un poco diferentes. Los estudios superiores en estos países se dividen así: la licenciatura/el bachiller (4-5 años por lo general) que constituye el pregrado – gracias sistema estadounidense – y el postgrado, que corresponde a la Maestría (2 años) y el Doctorado (3-4 años). Es un poco más complicado que esto – sobre todo en las áreas de la medicina, la ingeniería y la pedagogía – pero basta con saber esto en nuestro caso.

Chile tiene un sistema que incluye universidades públicas y privadas, estatales y católicas, institutos públicos, y centros de formación técnica. Aunque por naturaleza diferentes, todas estas instituciones sin excepción son lucrativas – Bill Gates lucrativas – pues se considera que la educación es una inversión en el futuro: domina la lógica de que la educación es una mercancía accesible a los que tienen los recursos financieros o están dispuestos a endeudarse por el resto de sus vidas. Tentador, ¿no? El resultado es el elitismo en su esplendor, lo que favorece tanto la injusticia social y la corrupción. ¿No tienes educación? ¿No fuiste a la mejor universidad del país que también es la más cara? Pues no vales nada. Claro, funciona así en el Reino Unido, en Australia, en Canadá, en los EE.UU. etc. también, pero a escala menor: según una encuesta de la OCDE de 2012, Chile es el país en que la educación superior es la más cara en el mundo. Sin embargo, hay que destacar que el gobierno actual de la Presidenta Michelle Bachelet se está esforzando para ofrecer la educación gratuita a los estudiantes al horizonte 2018 – una promesa de su campaña que la hicieron Presidenta por segunda vez en el 2014 mientras el país estaba paralizado por las protestas estudiantiles – convirtiendo así los Establecimientos de Enseñanza Superior (EES) que adhieren a la Ley de reforma educacional y a la gratuidad en instituciones sin fines de lucro – aunque oficialmente siempre han tenido este estatuto de “sin fines de lucro”. Por fin, hay que subrayar que existen 61 universidades, 45 institutos profesionales, y 67 centros de formación profesional acreditados y así reconocidos por el gobierno chileno, con un esfuerzo creciente para descentralizar la educación superior en provincia con el fin de responder a las necesidades y particularidades estructurales y económicas de las 15 regiones, pues el 38% de la población chilena vive en la capital Santiago de Chile. En total, son 1.152.000 estudiantes en el país, por una población de 17.6 millones.

Colombia también distingue entre privado y público. El sistema es muy parecido a aquel de Chile, pues los estudiantes tienen que pagar costos de arancel aberrantes aunque se supone que las instituciones públicas funcionen sin fines de lucro. El país cuenta con 81 universidades reconocidas, de las cuales solo 22 están acreditadas – lo que en la práctica se traduce en un problema de calidad de la enseñanza superior. Un proyecto de reforma de la educación superior también está en marcha, pero no ha avanzado mucho desde el 2011 y no hay perspectivas de igualdad de oportunidades y de gratuidad a corto plazo.

El Perú, por su parte, tiene establecimientos privados y públicos divisados entre 139 universidades, institutos tecnológicos, institutos pedagógicos e institutos de especialización e investigación. Son aproximadamente 850.000 estudiantes en total en el país, por 30 millones de habitantes. El sistema privado acoge más del 60% del número total de estudiantes, siendo éste el sistema con mejor reputación.

En cuanto a México, está dividido entre público y privado, y no solo es un concepto. Podemos indicar que el sistema universitario es mucho más igualitario que en Chile, Colombia o Perú: las mejores universidades son públicas (una en cada uno de los 32 Estados, más otras en la Ciudad de México sobre todo) y casi gratuitas (la Universidad Nacional Autónoma de México de hecho funciona con un aporte voluntario y es la mejor del país). Es decir que teóricamente, hasta los estudiantes de bajos recursos tienen la oportunidad de estudiar – claro, hay que comprar libros, materiales, etc. – y que la condición de derecho fundamental de la educación se respeta más que en muchos países. Además, cabe aclarar que México cuenta con 2.400 EES, de los cuales 867 son públicos, y acoge a 3.3 millones de estudiantes.

 

La educación superior en el marco de la Alianza del Pacífico toma en cuenta todo esto. El programa es distinto de la cooperación universitaria en el marco del MERCOSUR puesto que la Alianza del Pacífico no abarca la acreditación, sino que está basado solo en la movilidad estudiantil y académica. Es un pequeño Erasmus – un programa de intercambio estudiantil europeo – en muchos sentidos, pero más simple ya que solo cuatro países forman parte de ello. Toma en cuenta el principio de reciprocidad en cuanto al equilibrio de los flujos desde los países involucrados. Otorga aproximadamente 100 becas a cada país para que los estudiantes vayan a estudiar a uno de los países socios. Es decir que Chile, con apenas 1.150.000 de estudiantes, tiene tantas becas disponibles como México, que tiene más de 3.300.000 estudiantes – o sea tres veces más. ¿Será lógico? Esto va a depender del aporte financiero de cada país para fomentar este dispositivo y del número de universidades participantes.

Primero, no existe ningún tratado fundador de la Alianza del Pacífico, solo un acuerdo marco – que no tiene mucho contenido, pues son nueve páginas. En cuanto al aporte financiero, el acuerdo marco no lo considera. Esto significa que habría que ver lo que las leyes de cada país ponen a disposición de la Alianza del Pacífico y de la movilidad universitaria. En Chile por ejemplo – que es el caso que más conozco – la Ley de Presupuestos anual contempla un presupuesto total para la educación, pero de manera general. No entra más en el detalle, y menos menciona el monto destinado a fomentar la educación dentro del marco de la Alianza del Pacífico. Me imagino entonces que sea lo mismo en cada país, y que cada uno fije el monto mensual que considera necesario para estudiar dentro de ello. Cada país lanza una convocatoria anual dirigida a los nacionales de los países socios a través de una institución gubernamental: la AGCI para Chile, la AMEXCID para México, el ICETEX para Colombia y el PRONABEC para Perú. Para el destino Chile por ejemplo, son CLP$400.000/mes (US$585) para movilidad estudiantil, y CLP$500.000/mes (US$730) para movilidad académica, mientras que la AMEXCID considera necesarios montos de MXN$9.500/mes (US$530) en el caso de una movilidad estudiantil, y MXN$13.500 (US$760) para una movilidad académica.

En Chile, son 36 las universidades que participan del programa de movilidad estudiantil (un semestre para estudiantes de pregrado) y académica (entre tres semanas y un año para doctorandos, investigadores y docentes). En lo que va de Colombia, son 53 EES; 172 EES en México; y 39 universidades peruanas. Hay que subrayar que en Chile y en Perú sólo participan universidades, limitando así las posibilidades: si un estudiante de un Instituto técnico mexicano quiere ir a estudiar a un Instituto técnico en Chile, no puede y viceversa. Las áreas prioritarias del programa son las siguientes: negocios, finanzas, comercio internacional, administración pública, ciencias políticas, turismo, economía, relaciones internacionales, medio ambiente y cambio climático, innovación, ciencia y tecnología, e ingenierías.

 

Hay muchas críticas que se pueden hacer aquí. Primero, el número de becas: 100 becas por país es en efecto muy poco, y no es proporcional al número de estudiantes en cada país. 100 becas para México y 100 becas para Perú corresponden proporcionalmente al 0.003% y 0.012% de la población estudiantil que pueda recibir el beneficio. El número de becas debería de ser proporcional a la población estudiantil y el aporte financiero de cada país seguir precisamente este mismo principio.

Asimismo, se entiende que al reforzar la cooperación universitaria se refuerzan los lazos entre los países. Pero cuatro países al final es muy poco, y limita las posibilidades reales. Esto cuestiona la relevancia de tal programa en el marco de la Alianza del Pacífico.

Tercero, aquí hablamos de países que tienen más o menos la misma configuración académica, las mismas carreras, y sobre todo que hablan la misma lengua. Este programa es enriquecedor en cuanto a la cultura que es diferente en cada país, pero el resto no parece muy relevante. Si tomamos todos los países de América latina y el Caribe, se hablan el español, portugués, neerlandés, francés, inglés y hasta alemán en algunas universidades. Parece más enriquecedor hacer eso a nivel de la región ALC.

También hay que añadir que los estudiantes pagan los costos de arancel en su universidad de origen, lo que es bueno para un estudiante mexicano que vaya a ir a estudiar a Chile, pero no es reciproco para un estudiante chileno que vaya a estudiar a México ya que la educación en México, tal como lo planteamos, puede ser casi gratuita, y que cuesta un ojo en Chile. Se le haría más barato a un estudiante chileno ir en movilidad individual – es decir por su propia cuenta – que en movilidad supervisada dentro de acuerdos entre EES o gobiernos.

Un otro punto débil reside en la selección de los candidatos: los EES no tienen palabra ninguna en el proceso de selección. Las agencias mismas deciden de todo: un estudiante peruano postulará directamente al PRONABEC para ir a estudiar a Colombia, y el ICETEX decidirá del otorgamiento de la beca, sin consultar ni el EES de origen, ni él de destino. Esto, por supuesto, suele limitar el interés de los EES participantes ya que la excelencia no es un criterio de selección – un mínimo de 5 de 10 es necesario en Chile por ejemplo.

Finalmente, las áreas prioritarias son resolutamente destinadas al money making y a la lógica de comercio internacional, pues el área de la agricultura y la pesca por ejemplo está fuera de las convocatorias – aunque es de suma importancia para cada uno de estos países.

 

En el caso de Erasmus, el lema “Unida en la diversidad” de la Unión Europea toma un sentido especial, y si me preguntan este programa es el mayor logro de la UE hasta la fecha, pues funciona perfectamente y se le destina muchos recursos financieros y humanos. El estudiante “estudia” oficialmente, pero en la práctica se sabe que fiestudia – estudia en las fiestas –  conociendo a personas que hablan idiomas distintos, que vienen de distintos países con costumbres diferentes. Sin embargo, Erasmus ha adquirido tanta importancia que hoy se refiere a la nueva generación – mi generación – como a la “generación Erasmus”, demostrando asimismo la importancia de esta herramienta. Estoy orgulloso de pertenecer a esta generación, y no conozco a nadie que no lo esté: aprendí el español en cinco meses, sin bases previas. Hablo francés, alemán, inglés, español y portugués, en muchos sentidos gracias a Erasmus. Entiendo la cultura de los países en los que estuve, puedo trabajar en y con cualquier país que hable uno de estos idiomas. En el caso de la Alianza del Pacífico, no pienso que se hablara jamás nunca de una “generación movilidad estudiantil y académica” – primero al nombre del programa le falta el encanto, el sexy y el lado fácil de recordar de Erasmus y segundo los estudiantes y académicos no se identificarán a una generación unida más allá de las fronteras ya que no se unen países con tan solo 400 becas cada año. Claro, tiene el mérito de existir, pero no se pensó bien: al querer replicar los logros europeos, se olvidó que no se puede aplicar estrictamente en el marco de la Alianza del Pacífico. Hay que adaptar las bases a la realidad de estos cuatro países. Esto es una muestra más de que los gobiernos implementan políticas con el fin de presumir que implementan políticas y se olvidan del rol que deben desempeñar: diseñar políticas que representan una sociedad en su conjunto y no solo satisfacerse con copias de políticas que funcionaron en otros países.

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